¿Podemos contar cuántas veces al día dudamos de que la empatía sea realmente una capacidad natural del ser humano? Se supone que se activa automática e inconscientemente. Sin embargo, pareciera ser escasa y nos cuesta ponerla en práctica tanto en las conversaciones con un desconocido en la calle, como en nuestras relaciones personales más íntimas. Debe ser porque la empatía requiere voluntad y de alguien que nos recuerde que hay todo un mundo por descubrir cuando bajamos la guardia, centramos nuestra atención en el otro y nos metemos al bolsillo todos nuestros prejuicios.

En una época en que todos parecemos siempre ocupados, “cortos de agenda” y donde dejamos un mínimo espacio para disfrutar de lo que nos gusta, para el ocio y la reflexión, la tarea de poner por un momento nuestro foco en otro claramente parece difícil.

Invertimos poco tiempo en el resto porque el que tenemos para nosotros ya nos parece limitado y eso nos hace entrar en la dinámica de “tengo tantas cosas que decir que no alcanzo a escucharte”. Entonces empezamos a juntar todas nuestras opiniones, creencias y juicios y con ellos armamos un grueso muro que parece ser de cristal, porque observamos al otro a la perfección, pero no logramos escucharlo ni entenderlo.

Siempre que hablamos de empatía, surge la pregunta: ¿cómo me sentiría yo en el lugar del otro? Y ahí es cuando nos equivocamos, porque nos ponemos siempre en primer lugar y no le damos espacio verdadero a los demás ¿No es mejor darse el tiempo de comprender por qué esa persona está reaccionando de esa forma y no de otra?

Para ser empáticos efectivamente hay que ponerse en los zapatos de un tercero, pero eso sólo se logra quitándonos los nuestros. Debemos predisponernos a entender más allá de lo evidente y eso requiere voluntad. Por eso la empatía no es tan sencilla como la describen los libros y los blog de psicología donde tratan de ayudarnos con cinco tips para alcanzarla más fácilmente. Hay que despojarse de las ideas preconcebidas, atender al otro desde un lugar donde no exista el juicio y donde nuestra visión particular sobre un asunto esté al mismo nivel que la del resto.

Regalemos comprensión y contención

La empatía podemos ponerla en práctica en todo momento. Cuando llega ese amigo apenado a contarnos un problema, al atender a un cliente molesto, al discutir distintos puntos de vista en una reunión de trabajo o cuando tenemos una dificultad con nuestra pareja. Pensemos en todas las interacciones que tenemos con diferentes personas cada día y en cuántas de esas conversaciones no nos detenemos lo suficiente como para escuchar una visión del mundo que remueva un poco la nuestra.

Relacionarnos con otros sin soltar por un segundo nuestras ideas preconcebidas sobre la vida y cerrándonos por completo a la idea de que nos iluminen ideas nuevas, nos empobrece. Todo lo contrario ocurre cuando decidimos aceptar al otro con sus formas y colores que pueden parecernos tan raras y distintas. Desde ahí crecemos, estimulamos nuestra creatividad y afinamos nuestra inteligencia emocional, y al mismo tiempo, le regalamos al resto otros bienes escasos: la comprensión y la contención.