Una de las aplicaciones más esperadas del último tiempo llegó por fin a nuestros teléfonos y lo hizo generando discusiones de todos los tipos y en las que hay tantas posiciones como pokémons dando vueltas por la ciudad. Estamos frente a algo que para la mayoría es totalmente nuevo y parece obligarnos a tomar uno de dos caminos; el del rechazo o el de la curiosidad.

Resulta casi imposible no tener una opinión sobre un juego que ha batido récord de descargas y que ha reunido a usuarios de todas las edades, a los que vemos en calles, parques y cualquier espacio público mirando su teléfono.

Desde ahí han surgido las primeras críticas, aunque la costumbre de caminar mirando una pantalla la adoptamos hace un par de años cuando comenzamos a revisar nuestras redes sociales en el teléfono y desde que WhatsApp se transformó en una aplicación que usamos varias horas diarias.

Cada día vemos cómo los avances tecnológicos dan respuestas, resuelven problemas y simplifican la vida en muchos aspectos, pero también notamos que van dibujando un mundo completamente distinto al que conocíamos hace un par de años. Y ese cambio, al parecer, es el que genera tanta resistencia y desconfianza en algunos.

[bctt tweet=”Aceptemos que la tecnología no es inherentemente mala si logramos convivir sanamente con ella.” via=”no”]

El arte de rechazar sin cuestionar

De repente comenzamos a ver a grupos de personas que parecen ir buscando algo en cada esquina y los escuchamos a la pasada hablar sobre pókeparadas. En los parques y plazas principales de las ciudades, que hoy se repletan de personas jugando Pokémon Go -vaya y compruébelo un fin de semana-, también convergen sus detractores y quizás uno de los más característicos es el que se niega a ver algo más allá del juego y lo rechaza sin conocerlo, caricaturizando a quienes lo usan. La ley del: si a mí no me gusta, entonces está mal.

Pokémon Go no está cambiando el mundo, los sabemos, pero se transforma en una muestra de cómo está actualmente. La realidad aumentada y el uso de la geolocalización hoy están aplicadas a un juego y de a poco lo estarán a la publicidad y el marketing, pero claramente son herramientas que se puede explotar en otros ámbitos y con otros fines. Pero eso requiere de mentes que logren ver un sinfín de oportunidades en las nuevas tecnologías  y que se detengan menos en los prejuicios y estereotipos.

Si atrapar pokémons es tan atractivo para algunos, si logra sacar a las personas de sus casas y hacer que recorran la ciudad, si permite que otros vuelvan a disfrutar jugando, ¿Cómo no sacar algo positivo de eso? Nosotros apostamos a que sí es posible.

Confiar en el equilibrio

Perfilar de una determinada forma a quienes se entretienen cazando pokémons y creer que no son capaces de establecer otro tipo de conexiones con su entorno que no sean netamente virtuales, parece ser una visión muy limitada de la realidad.

Hay todo un mundo aparte en lo que compete a los niños, pero ahí cabe la responsabilidad de los adultos no sólo en evaluar si es prudente o no que a los 12 años tengan un smartphone con internet móvil, sino también en cómo los guiamos en la interacción con esos dispositivos.

Pero entre adultos esperamos un poco más. Que logremos ver más allá de nuestros juicios y que evaluemos la posibilidad de que Pokémon Go, quizás, habla también de nosotros, del presente. Y por sobre todo, aceptar que la tecnología no es inherentemente nociva si aprendemos a vivir sanamente con ella. Todos los días nos vemos saturados de información, mensajes y estímulos y difícilmente podemos abstraernos de todos ellos, pero el filtro lo ponemos nosotros, eso es algo que construimos desde adentro y es lo que finalmente nos permite alcanzar el equilibro.

No vamos a convertirnos en zombies por jugar a cazar monos virtuales ni perderemos nuestra capacidad de mirar a los ojos y sostener una larga conversación con otro. Mucho menos dejaremos de encantarnos con el sol en la cara o dejaremos de disfrutar un paseo a un cerro. Confiemos en que esa capacidad que no se esfumará. Que no nos atemorice ni nos haga patalear tanto lo nuevo, lo distinto, las otras formas. Después de todo, no siempre todo pasado fue mejor.

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