<p class “bajada”>La amabilidad es una de las características que los chilenos hemos ido perdiendo. Recuerdo que cuando era chica sentía mucho orgullo de haber nacido en Chile, porque me parecía que las personas que vivían en este país eran las más amables que yo hubiese conocido. Veía a todos sonreír por la calle, cuando iba al negocio cerca de mi casa todos me conocían por mi nombre, incluso sabían lo que iba a comprar. Se podía preguntar por una dirección y te ayudaban. Los niños jugábamos en la calle cada vez que podíamos, los vecinos también eran parte de nuestra familia. Se compartía más con los amigos, se hacían más asados, los fines de semana eran más familiares.</p>

Hoy esta amabilidad propia parece ser sólo parte de una historia pasada. Chile ha cambiado. Ya no tenemos fama de recibir muy bien a los forasteros, más bien nos mostramos prejuiciosos y desconfiados. Los ejecutivos chilenos son temidos en el resto de Latinoamérica por sus actitudes y formas de trabajo demasiado exigentes. En las calles de las grandes ciudades se vive la agresividad y la impaciencia a diario.

¿Qué nos está pasando? Se vive corriendo, sin tiempo para hacer una pausa, pensar y crear. Se vive estresado, como si esa fuera la excusa para andar con cara larga, apurados y disparando retos por doquier. Y en esa rapidez con que pasan los días, las horas y minutos, son pocos a los que les interesa relacionarse con el otro. Detenerse un momento, conversar, preguntarle por ese hijo que está enfermo, saber cómo está y, algo más importante aún, en qué se puede ayudar. Se está perdiendo el sentido de la vida sin darnos cuenta.

Hay muchas empresas en nuestro país que hoy están frías y les falta mucha amabilidad. Cuánta diferencia hay cuando comenzamos una reunión en un buen ambiente, compartiendo un café y con un comentario divertido que nos saca alguna sonrisa, en vez de estar con la vista en el smartphone. Cuánta diferencia generan aquellos directivos y jefes que se atreven a saludar a las personas con alegría, con un buen trato, con amabilidad. Hay que recuperar lo real, lo verdadero, lo esencial. Hay que comprender que esa amabilidad genera un contexto de aprendizaje, de superación y de motivación mucho más poderoso en las personas que lo negativo, que la frialdad, que la presión, que la coerción.

Ser amable hace que la expresión de las personas sea dulce, acogedora, receptiva. Ser amable es ser educado, cordial, pero también agregar ese toque de espontaneidad necesario para cuidar las relaciones humanas. La amabilidad es ver al otro, empezar a ser consciente de que no es sólo un “recurso”. Ahí hay una persona.

La tendencia hoy es a recuperar la mística y la identidad profunda de las organizaciones, potenciar las relaciones humanas y trabajar a partir de esa visión. Para eso, los líderes necesitan despertar y comenzar a hacer las cosas de formas diferentes. Necesitamos que ellos y las empresas se transformen. Y creemos que esto sí es posible. Nosotros seguiremos trabajando para aportar a construir con lo que hacemos y con nuestra mirada empresas más amables, más cercanas, más humanas.