Estamos perdiendo la capacidad de estar con nosotros mismos, de aguantarnos. Es como si nos evitáramos, igual que cuando divisamos a esa persona que no nos cae bien y cruzamos la calle para no tener que verla de frente. Nos volvimos adictos al ruido, a la TV que suena de fondo en nuestra habitación, a la música que sale de nuestro teléfono cuando caminamos y a las juntas que programamos para “hacer algo”, porque “hacer nada” nos genera una ansiedad con la que no podemos lidiar. Y en eso, vamos esquivando con la agilidad de un boxeador a esas voces internas que tienen algo importante que decir, pero que no encuentran el silencio apropiado para manifestarse.

Quienes vivimos en grandes ciudades tenemos poco acceso a un bien preciado; el silencio. Hay un constante ruido externo del que no podemos escapar, pero a ratos pareciera que tampoco quisiéramos huir de él.

Muchas veces –y sin darnos cuenta– buscamos incansablemente estar expuestos a algún tipo de estímulo o estar ocupados en una actividad, como si estar quietos nos provocara temor. Es posible que así sea, porque es en esos momentos de quietud y calma, nuestros pensamientos alcanzan otros matices, encontramos respuestas y podemos llegar a descubrir que nuestros actos no tienen ninguna relación con nuestras emociones más profundas, que nos movemos por otro tipo de presiones y necesidades. En esos momentos puede quedar en evidencia aquello que no queremos enfrentar, lo que preferimos evadir. Y claro, ser consciente de eso puede aterrar.

En la noche, justo antes de quedarnos dormidos, ocurre ese momento en que sentimos que el montón de pensamientos a los que no pusimos atención durante el día, empiezan a deambular sin sentido en nuestra cabeza. Quizás por lo mismo, muchos deciden programar su televisor y quedarse dormidos con esas voces de fondo, para así no tener que lidiar con ellos.

Si estamos bajo esa necesidad de actividad y ruido permanente, dejamos poco o nada de espacio para la reflexión y nos desconectamos de aquello que nos define. Entramos en un estado de alerta donde actuamos de forma reactiva, el llamado “piloto automático” que nos lleva a tomar decisiones que no son coherentes con lo que somos realmente.

BAJAR LA GUARDIA

Lo que hablamos suena muy simple y complejo a la vez, pero ¿Por dónde empezamos? Estos son los tres pasos iniciales para comenzar a llevarlo a la práctica:

  • Para un rato, no pasa nada: A veces pareciera que todos tenemos algún grado de hiperactividad no diagnosticada y es curioso, porque bancarse el no tener nada que hacer ni en qué pensar, es una tarea que resulta muy compleja para muchos. Si tenemos un minuto libre, abrimos cualquier aplicación en nuestro teléfono o si llegamos agotados del trabajo encendemos el televisor para que algo resuene. No podemos con el silencio, nos pone mal. Vivimos quejándonos del poco tiempo que tenemos para estar tranquilos, pero nadie va a llegar a sacarnos de nuestro escritorio y nos dejará en una playa paradisíaca para que podamos estarlo realmente –sí, lo sentimos mucho, pero no va a suceder–, entonces lo que queda es generarse esos espacios, si constantemente buscamos un estímulo que nos mantenga la cabeza en cualquier parte, nunca hay tranquilidad, porque nunca la buscamos. Nunca hay paz.
  • Convéncete de que lo mereces: Los momentos de ocio y de quietud hoy nos parecen prohibidos, nos convencemos de que no son necesarios y que no hay tiempo para ellos. Pero son justamente esos espacios los que permiten que nuestras emociones y pensamientos fluyan de forma natural, son los que nos entregan esas certezas que insistimos en buscar afuera, pero que siempre están dentro.
  • En cualquier momento, en cualquier lugar: ¿Tengo entonces que escaparme lejos de la civilización por un tiempo para lograr todo lo que hablamos aquí? Rotundo no. Aunque si alguien tiene las ganas y los medios para hacerlo, de seguro será envidiado por muchos. El caso es que no necesitamos rehuir de otros para encontrarnos. Debemos aprender a aceptarnos, a “aguantarnos”, a estar a solas sin hacer nada, en silencio, sin culpas, sin prejuicios, sin vergüenza.

Hacer uso de este tiempo no es un mandamiento hippie, no es lo que aconseja el nuevo psicólogo de moda ni es un tip sacado de un libro de autoayuda, es un deber que tenemos con nosotros mismos. Esos diez minutos que se dedican a estar sentados en una plaza haciendo nada más que mirar el entorno –sin libro, sin música, sin pensar en la cuenta que se nos olvidó pagar, sin pensar en que ojalá nadie nos vea porque creerán que no tenemos nada mejor que hacer– no nos llevará estados místicos de elevación, claramente, pero quizás nos transforme en personas más auténticas, capaces de hacerse cargo de sus emociones, de sus propios sueños, de sus miedos, sus enojos, sus debilidades. Nos hará conocernos un poco más y evaluar si haberle hecho el quite a todas esas voces que nos murmuran desde dentro, nos ha llevado estar donde realmente queremos estar.

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